Todos Somos Bolivia: No estamos en guerra, queremos hacer política

Nota del editor: Alba Graciela van de Valk, es Socióloga y Docente de la Universidad Católica Boliviana Tarija.

La política […] construye un mundo común, en el que se incluye también al enemigo. La guerra, por el contrario, tiene como protagonista fundamental a las formaciones identitarias cerradas y agresivas […] que niegan y excluyen al otro del mundo compartido. Entre el otro y yo, nada en común.

Jacques Rancière

No voy a hablar de la indignación que me llama a las calles desde hace días o que me mantiene angustiada cuando no puedo salir por días enteros. No hablaré de la indignación que resulta del abuso del poder institucional, la que produce atestiguar que nuestros proyectos solo sirven para hacer bandera política, y nuestros derechos,hoy como siempre, no son derechos sino privilegios. No voy a hablar desde la indignación que produce que los caudillos intenten burlarse de nuestro entendimiento e inteligencia. No, porque hoy como a millones de bolivianas y bolivianos, me supera el dolor, el que sabíamos que llegaría y no supimos evitar.

Bolivianas y bolivianos estamos de un solo lado, el lado donde se llora y se pierde. Tres vidas,  centenares de cuerpos heridos, millones de personas humilladas, aterrorizadas, vulneradas. Todo un país de luto, asfixiado por una forma de hacer política dentro y fuera de las instituciones del Estado que soñamos no se iba a repetir jamás, pero que sigue vigente bajo responsabilidad y/o complicidad de gobernantes y gobernadas/os.

Este es el mayor conflicto social que hemos enfrentado como país en las últimas décadas, y me animo a decir que uno de los más complejos en nuestra vida de estado republicano y de estado plurinacional, porque categorías clásicas como las de clase social y etnicidad no nos alcanzan para explicarlo.

Hemos aprendido a dividir el mundo en dos extremos, entender así la realidad es mucho más fácil y cómodo. El blanco y el negro marcan y enmarcan nuestro pensamiento y nuestras acciones; en un mundo dividido entre buenos y malos, salvo contadas excepciones, nos sentimos acogidos en el lado de la justicia, la ética, la razón, la libertad y en este caso la democracia. Es este el perverso y maniqueo discurso que alimentan los liderazgos confrontados hoy en Bolivia, con el que intentan legitimar sus posiciones, pero que solo atizan el fuego en el que nos quemamos todas/os.

Asumir una posición clara ante un conflicto histórico que nos afecta como sociedad es una premisa indiscutible, pero intentemos por un momento desprendernos de la bronca y miremos a nuestro alrededor: si las cosas fueran tan simples como intentan hacernos creer, no estaríamos enfangados en tremendo conflicto de sangre desde hace semanas. Siento recordarles que, aunque no nos guste, las verdades no son absolutas y el maniqueísmo solo nos lleva a la autodestrucción.

El enemigo al que creemos estar enfrentando no existe por sí mismo, se construye. A veces confundimos al enemigo con su representación, y en realidad significa diferentes cosas para quienes creemos ser parte de un mismo lado. Otras veces el enemigo es representado de manera diferente pero es el mismo para todos. Esto no quiere decir que nos inventamos nuestras condiciones materiales, nuestras determinaciones de clase, étnicas, de género, culturales, coloniales, injustas, perversas, injustificables; sino que con mucha frecuencia el enojo y el dolor nos impiden entender al otro y dejarnos entender, rompiendo los canales por medio de los cuales podemos hacer política, empujándonos a la violencia. 

En el camino de la violencia es el Estado quien tiene el dominio de los aparatos y sus instituciones, por lo tanto la posibilidad de controlarlos para evitar que ésta se desate y escale a niveles irreversibles, dejando heridas que son difíciles de curar. Una posición inconciliable entre contrarios no daña a los caudillos, solo convierte en carne de cañón a quienes salen a las calles: sobre todo jóvenes y mujeres, quienes en su mayoría han tomado el espacio público para intentar una nueva forma de hacer política.

Hacer política -a diferencia de hacer la guerra- significa crear “un ‘nosotros’ abierto e incluyente que reconoce y habla de igual a igual con el adversario” como dice Jacques Rancière, donde quepamos masistas, jailones, campesinos, obreros sindicalizados, cuentrapropistas que viven del día a día, micreros, estudiantes de la pública, de las privadas, viejos políticos de izquierda y de derecha, cristianos, ateos, intelectuales, amas de casa, sinvergüenzas que están en todos lados, y comprometidos militantes de causas diversas, cambas, chapacos y collas…

Una de las pocas certezas que podemos tener luego de las elecciones, es que así como el voto de ninguno vale más que el del/a otro/a, la palabra y la lucha de cada una/o tiene también un mismo valor, y aunque nuestros caudillos intenten destruir al enemigo, las bolivianas y bolivianos tenemos adversarios políticos con los que debemos construir un país. La confrontación llegará a su fin, y seguiremos compartiendo este territorio entre diversos.

Ante la muerte y la violencia el principal enemigo son los discursos maniqueos, discursos de odio, discriminación y guerra que están de los dos lados.

Aniquilar a un enemigo no es hacer política y menos democracia, y nos guste o no, hacer gobernable a este país necesita de todos/as, todas/os somos Bolivia.