Por: Franz R. Arce Velasco
ECONOMISTA – Instituto de la Familia Tarija (IFAT) – UCB
En Bolivia seguimos tratando la salud mental como un asunto íntimo, clínico o “de familia”. Pero en economía, lo que se invisibiliza no desaparece: se traslada a costos, a pérdida de productividad, a ausentismo escolar y laboral, a violencia que se normaliza, y a un Estado que termina pagando más caro —tarde y mal— lo que pudo prevenirse con una política pública seria. La salud mental no es un “tema blando”. Es infraestructura social: sostiene el aprendizaje, la empleabilidad, la convivencia y, en última instancia, el crecimiento.
El país discute déficit fiscal, divisas, empleo juvenil o calidad educativa. Sin embargo, pocas veces conecta esos desafíos con una variable silenciosa que los atraviesa a todos: el bienestar psicológico. Donde hay depresión, ansiedad o consumo problemático no atendidos, también hay menor rendimiento escolar, más rotación laboral, más accidentes, más conflictividad y mayor presión sobre servicios públicos. Ignorar la salud mental no ahorra dinero; lo desplaza a otras cuentas, usualmente más costosas.
Cuando la salud mental falla, la economía paga
Los trastornos mentales y el sufrimiento psicosocial operan como un “impuesto oculto” sobre la economía. No solo elevan el gasto sanitario directo; sobre todo generan costos indirectos: caída de la productividad, ausentismo, presentismo (ir a trabajar o estudiar sin rendir), desempleo, abandono escolar y sobrecarga de cuidados no remunerados en los hogares. En la práctica, eso significa menor producción por hora trabajada, menor acumulación de capital humano, y más pobreza persistente.
La evidencia internacional ha sido contundente en cuantificar esta carga. La Organización Mundial de la Salud estima que la depresión y la ansiedad cuestan a la economía global alrededor de US$ 1 billón al año por pérdida de productividad. Es un recordatorio directo: el problema ya es económico, incluso antes de mirar el sufrimiento humano que hay detrás.
Además, la salud mental tiene externalidades. Cuando un adolescente se deprime y abandona la escuela, el costo no es solo individual: el país pierde una trayectoria de formación y empleo futuro; aumenta la probabilidad de informalidad; se debilita la movilidad social; se elevan riesgos de violencia y consumo. Cuando un trabajador vive ansiedad crónica en un entorno laboral precario, la empresa pierde eficiencia y el sistema de salud recibe al final al paciente en crisis. Cuando una madre cuidadora se agota sin apoyo, el hogar se empobrece en tiempo y en ingresos. La economía paga por múltiples vías.
Lo que muestra la evidencia internacional
La literatura en economía de la salud mental ha movido el debate desde la compasión hacia la inversión inteligente. Un argumento es especialmente poderoso para tomadores de decisión: intervenir es rentable. El Banco Mundial ha difundido el caso de inversión global donde por cada US$ 1 invertido en el tratamiento de depresión y ansiedad se obtienen retornos cercanos a US$ 4, principalmente por mejoras en salud y capacidad de trabajo.
El mensaje no es “medicalizar” la vida; es construir sistemas preventivos y de atención oportuna. La Comisión Lancet sobre Salud Mental Global insiste en ampliar la agenda: no basta reducir la brecha de tratamiento, hay que mejorar la salud mental poblacional con promoción, prevención y enfoques intersectoriales (educación, trabajo, justicia, protección social).
En el mundo del trabajo, la OMS advierte que se pierden miles de millones de días laborales por depresión y ansiedad, y subraya el rol de entornos laborales saludables para reducir riesgos. Traducido a Bolivia: la informalidad, la inseguridad laboral y la violencia de género no son solo problemas sociales; son determinantes de salud mental que erosionan productividad y aumentan desigualdad.
Tarija como espejo del problema nacional
El estudio realizado “Niveles de Depresión en Estudiantes de secundaria (14 a 18 años) en la ciudad de Tarija”[1] —centrado en población adolescente— ofrece un punto de apoyo para mirar el país sin autoengaños. Lo relevante no es “Tarija” como excepción, sino Tarija como espejo: lo que aparece allí suele estar presente, con variaciones, en el resto del territorio.
¿Qué muestra ese espejo? Que existe una prevalencia preocupante de malestar emocional y síntomas depresivos en adolescentes, y que hay grupos de mayor riesgo, especialmente mujeres y ciertos tramos de edad/curso (por ejemplo, 15 años y 4.º de secundaria). Pero la señal cualitativa es consistente con la evidencia internacional: la adolescencia es una ventana crítica, y las brechas de género se amplifican por violencia, expectativas sociales, carga emocional y falta de redes de apoyo.
El hallazgo más importante, sin embargo, no es solo epidemiológico. Es institucional: cuando se detecta sufrimiento, los canales de ayuda suelen ser frágiles —orientación escolar limitada, derivaciones inciertas, estigma, costos de bolsillo, poca articulación entre escuelas y servicios. En términos de política pública, eso significa que el país está financiando “apagafuegos” (crisis, urgencias, abandono escolar) en lugar de financiar prevención y continuidad de cuidados.
Por eso Tarija funciona como espejo: no porque “represente a todos” estadísticamente, sino porque revela una verdad práctica para la gestión pública. Donde hay adolescentes con malestar persistente y una respuesta institucional frágil, la economía pierde por adelantado: pierde aprendizaje hoy, empleabilidad mañana y cohesión social en el camino.
El costo económico de mirar hacia otro lado
Si Bolivia posterga la salud mental, paga al menos cinco veces: (1) pierde productividad presente, (2) pierde capital humano futuro, (3) incrementa gastos tardíos en salud y protección, (4) aumenta conflictividad y violencia con costos en seguridad y justicia, y (5) profundiza desigualdades, especialmente de género.
En finanzas públicas, la lógica es simple: la inacción crea una demanda creciente de atención más cara. Prevenir y atender temprano cuesta menos que tratar crisis repetidas. Y en educación, el retorno es enorme: un estudiante que recibe apoyo oportuno no solo “se siente mejor”; rinde más, termina el ciclo, y mejora su trayectoria laboral. Ese es el tipo de inversión social que protege crecimiento a largo plazo.
¿Por qué Bolivia necesita una política pública en salud mental?
Bolivia está en un momento clave. En noviembre de 2025 se informó la publicación del primer Plan Plurinacional de Salud Mental 2026–2030, un hito que abre una oportunidad para pasar del discurso a la implementación. Pero el desafío real será convertir un plan en resultados medibles: presupuesto, recursos humanos, redes comunitarias, protocolos escolares, y coordinación intersectorial con metas claras.
Una política pública moderna de salud mental debería, como mínimo, cumplir cuatro condiciones. Primero, ser preventiva: fortalecer escuelas como espacios de bienestar (detección temprana, habilidades socioemocionales, rutas de derivación). Segundo, ser territorial: servicios comunitarios cercanos, no solo hospitales. Tercero, ser intersectorial: trabajo, educación, justicia y protección social con responsabilidades explícitas. Y cuarto, ser financiada y evaluada: sin presupuesto y sin indicadores, la política se vuelve declaración.
Tarija aporta una lección concreta: cuando miramos a los adolescentes con instrumentos y evidencia, el problema deja de ser “anécdota” y se convierte en agenda. Ese es el salto que Bolivia necesita: pasar del estigma y el silencio a una conversación pública basada en datos y en derechos.
Reflexión final: invertir hoy para no pagar mañana
La salud mental no compite con la economía: la sostiene. Un país que aspira a elevar productividad, mejorar educación y reducir pobreza no puede seguir tratando la depresión y la ansiedad como asuntos marginales. Invertir en salud mental es una decisión económica inteligente porque reduce pérdidas, protege capital humano y evita costos futuros mucho mayores. Y, de paso, construye un país más habitable.
El estudio de Tarija nos recuerda algo esencial: el problema ya está aquí y afecta a quienes sostendrán la economía de mañana. La pregunta no es si Bolivia puede permitirse una política pública robusta de salud mental. La pregunta es cuánto más caro será seguir sin ella.
“Porque cuando un país cuida la mente de su gente, no solo reduce costos: construye esperanza, fortalece su futuro y demuestra que el desarrollo también se mide en dignidad.”
Franz R. Arce Velasco es economista de la Universidad Católica Boliviana (UCB) y Magister es Gestión y Políticas Pública (MGPP) de la Universidad de Chile.
REFERENCIAS
- Chisholm, D., Sweeny, K., Sheehan, P., Rasmussen, B., Smit, F., Cuijpers, P., & Saxena, S. (2016). Scaling-up treatment of depression and anxiety: A global return on investment analysis. The Lancet Psychiatry, 3(5), 415–424. https://doi.org/10.1016/S2215-0366(16)30024-4
- Instituto de Prevención, Tratamiento, Rehabilitación e Investigación de Drogodependencias y Salud Mental (INTRAID), Universidad Católica Boliviana San Pablo – Sede Tarija, Universidad Privada Domingo Savio – Sede Tarija, Universidad Nacional del Oriente – Subsede Tarija, Universidad Autónoma Juan Misael Saracho, Concejo Social Municipal de Salud Cercado Tarija, & Comité de Salud Mental del Departamento de Tarija. (2025). Estudio sobre niveles de depresión en estudiantes de secundaria (14–18 años) en la ciudad de Tarija.
- Organización Panamericana de la Salud. (2025, 6 de noviembre). Bolivia marca un hito histórico al publicar su primer Plan Plurinacional de Salud Mental 2026–2030 con énfasis hacia el bienestar integral. https://www.paho.org/es/noticias/6-11-2025-bolivia-marca-hito-historico-al-publicar-su-primer-plan-plurinacional-salud
- World Bank. (2016, April 12). Investing in treatment for depression and anxiety leads to fourfold return. https://www.worldbank.org/en/news/press-release/2016/04/13/investing-in-treatment-for-depression-anxiety-leads-to-fourfold-return
- World Health Organization. (2024, September 2). Mental health at work. https://www.who.int/news-room/fact-sheets/detail/mental-health-at-work
- Patel, V., Saxena, S., Lund, C., Thornicroft, G., Baingana, F., Bolton, P., Chisholm, D., Collins, P. Y., Cooper, J. L., Eaton, J., Herrman, H., Herzallah, M. M., Huang, Y., Jordans, M. J. D., Kleinman, A., Medina-Mora, M. E., Morgan, E., Niaz, U., Omigbodun, O., … Unützer, J. (2018). The Lancet Commission on global mental health and sustainable development. The Lancet, 392(10157), 1553–1598. https://doi.org/10.1016/S0140-6736(18)31612-X
[1] El estudio fue realizado por el Instituto de Prevención, Tratamiento, Rehabilitación e Investigación de Drogodependencias y Salud Mental de Tarija (INTRAID), la Universidad Católica Boliviana San Pablo – Sede Tarija a través del Instituto de la Familia (IFAT), la Universidad Privada Domingo Savio – Sede Tarija, la Universidad Nacional del Oriente – Subsede Tarija, la Universidad Autónoma Juan Misael Saracho, el Consejo Social Municipal de Salud Cercado Tarija y el Comité de Salud Mental del Departamento de Tarija.
