
Por: Franz R. Arce Velasco
ECONOMISTA – Instituto de la Familia Tarija (IFAT) – UCB
Ana Laura van der Valk
PSICÓLOGA CLÍNICA – Instituto de la Familia Tarija (IFAT) – UCB
Investigación científica en Tarija revela que las mayores brechas en depresión juvenil se explican por factores relacionados con el nivel de apoyo familiar y el clima escolar
Tarija.– La depresión adolescente en Bolivia no puede seguir siendo interpretada únicamente como una experiencia individual ni como un problema exclusivamente clínico. Un estudio científico reciente demuestra que las diferencias en los niveles de sintomatología depresiva entre estudiantes no se distribuyen al azar, sino que responden a patrones estructurados de desigualdad profundamente vinculados a los entornos familiares y escolares.
El artículo, titulado “Desigualdades estructurales en los síntomas depresivos de la adolescencia: un análisis representativo basado en centros escolares de Tarija-Bolivia”, fue desarrollado por investigadores de la Universidad Católica Boliviana “San Pablo” – Sede Tarija y constituye uno de los análisis cuantitativos más completos realizados en el país sobre desigualdad estructural y salud mental adolescente. A diferencia de estudios tradicionales basados en promedios, este análisis incorpora modelos jerárquicos que permiten distinguir desigualdades que persisten tras el ajuste por múltiples factores, aportando una mirada estructural cuantificable a la salud mental adolescente en Bolivia.
La investigación científica se sustenta en los datos obtenidos a través de un estudio interinstitucional riguroso, orientado al servicio de la sociedad, titulado “Estudio sobre niveles de depresión en estudiantes de secundaria (14–18 años), Cercado Tarija 2025”. Este trabajo evaluó a 589 estudiantes de 34 unidades educativas —fiscales, de convenio y particulares— mediante el Inventario de Depresión de Beck para Adolescentes (BDI-II-A), instrumento de referencia internacional. Esta sólida base empírica permitió desarrollar un análisis estadístico jerárquico que no solo identifica diferencias descriptivas entre grupos, sino que distingue aquellas desigualdades que persisten incluso después de ajustar por múltiples factores estructurales, familiares y escolares.
Más que una cifra preocupante, una realidad que interpela
El estudio base reveló que 56,2 % de los estudiantes presenta algún grado de sintomatología depresiva, mientras que aproximadamente cuatro de cada diez se encuentran en niveles moderados o severos. Esta cifra, por sí sola, representa un llamado de atención urgente.
Más preocupante aún es que solo una proporción reducida ha buscado apoyo profesional por motivos emocionales, lo que evidencia una brecha significativa entre necesidad y acceso a atención.
No obstante, el verdadero aporte del artículo científico radica en ir más allá de la prevalencia y preguntarse: ¿por qué se distribuye así la depresión entre los adolescentes?
Desigualdad estructural: cuando el entorno moldea el riesgo
El análisis jerárquico realizado en el artículo demuestra que las mayores desigualdades netas en síntomas depresivos se concentran en dos ejes centrales:
- El nivel de apoyo familiar.
- El clima escolar.
Las desigualdades estructurales no son diferencias naturales entre individuos, sino brechas sistemáticas, socialmente producidas y potencialmente evitables.
Los adolescentes que reportan bajo apoyo emocional en el hogar presentan diferencias sustantivas en niveles de depresión respecto a quienes cuentan con acompañamiento, comunicación y contención. El capital familiar —entendido como disponibilidad emocional, escucha y soporte— emerge como uno de los determinantes más potentes del bienestar psicológico.
De manera paralela, el clima escolar muestra un efecto independiente relevante. Estudiantes que perciben su entorno educativo como injusto, poco acogedor o carente de escucha institucional presentan mayores niveles de malestar emocional. La escuela, por tanto, no es solo un espacio académico; es un entorno socioemocional que puede amplificar o amortiguar el riesgo.
La depresión en los adolescentes de Tarija es el resultado de una convergencia entre sistemas que callan (familia y escuela con brechas de escucha) y una estructura psíquica que se ataca a sí misma (alta autocrítica y culpa). El adolescente, atrapado en un sistema que no le permite expresar su malestar, internaliza el conflicto, lo somatiza en el cuerpo y termina refugiándose en el aislamiento y la anhedonia como mecanismos de defensa ante un entorno que percibe como juzgador o indiferente.
Además, el estudio confirma la persistencia de una brecha de género: las adolescentes mujeres presentan niveles más altos de sintomatología incluso tras ajustar por factores familiares y escolares. Esto sugiere la presencia de presiones sociales, culturales y relacionales que requieren análisis e intervenciones específicas.
El estudio, estratificado entre unidades educativas fiscales, particulares y de convenio, demuestra que no existen brechas marcadas en los niveles de depresión según este criterio de clasificación;. en este sentido, el indicador resulta bastante “democrático” o transversal, ya que la sintomatología aparece con magnitudes similares en los jóvenes, con independencia del tipo de escuela al que pertenezcan.
Un enfoque alineado con la evidencia internacional
Los hallazgos se alinean con el marco de los determinantes sociales de la salud y con investigaciones internacionales que demuestran que las condiciones estructurales influyen decisivamente en la salud mental juvenil (OMS, 2023; The Lancet Psychiatry Commission, 2021). En América Latina, la brecha de atención en salud mental continúa siendo una de las más amplias del mundo, mientras que las desigualdades sociales afectan de manera desproporcionada a la población joven.
A nivel mundial, la depresión afecta aproximadamente al 13% de adolescentes (OMS, 2023), mientras que en América Latina las tasas de síntomas emocionales han aumentado significativamente tras la pandemia (UNICEF, 2022).
En este contexto, el estudio desarrollado en Tarija no solo aporta datos locales, sino que contribuye a llenar un vacío de investigación cuantitativa en Bolivia, donde aún son escasos los análisis estructurales de salud mental adolescente basados en muestras representativas.
Implicaciones claras para la política pública
La evidencia generada tiene implicaciones profundas. Si los factores más influyentes no son únicamente económicos, sino relacionales e institucionales, entonces la respuesta pública debe ser igualmente estructural.
Ampliar la cobertura de atención psicológica es necesario, pero insuficiente si no se intervienen los entornos donde se produce y reproduce el malestar.
En primer lugar, el apoyo familiar debe convertirse en prioridad estratégica. Esto implica diseñar programas sostenidos de fortalecimiento de habilidades parentales, comunicación intrafamiliar y acompañamiento emocional. Las políticas no pueden limitarse a campañas informativas; deben generar dispositivos concretos de apoyo comunitario que permitan a las familias convertirse en factores protectores reales.
En segundo lugar, el clima escolar requiere una transformación institucional. La convivencia, la prevención del acoso, la capacitación docente en habilidades socioemocionales y la disponibilidad permanente de orientación psicológica deben formar parte estructural del sistema educativo. Las intervenciones aisladas o las charlas esporádicas no modifican patrones estructurales; lo que se necesita es continuidad, institucionalidad y evaluación.
En tercer lugar, la persistencia de la brecha de género exige estrategias sensibles al género que aborden dinámicas de presión social, violencia simbólica, autoexigencia y vulnerabilidad diferencial en adolescentes mujeres.
La salud mental adolescente debe incorporarse como eje transversal en las políticas públicas de educación, salud y desarrollo social. No hacerlo implica mantener condiciones que perpetúan desigualdades.
Más allá de los datos
Detrás de cada porcentaje hay una historia concreta. Hay jóvenes que han perdido la capacidad de disfrutar. Estudiantes que no logran proyectar su futuro. Adolescentes que sienten aislamiento en un momento clave de construcción de identidad.
Las distintas manifestaciones de la sintomatología depresiva en adolescentes trascienden la frialdad de las estadísticas; expresan una crisis de adaptación, sentido e identidad en una de las etapas más sensibles del desarrollo humano. En un contexto donde más de la mitad de los estudiantes presenta algún grado de sintomatología depresiva y casi cuatro de cada diez se ubican en niveles moderados o severos, los datos revelan que el adolescente no solo “está triste”, sino que experimenta un malestar profundo que compromete su cuerpo, su mente y su forma de relacionarse consigo mismo y con el entorno.
Esta problemática se manifiesta de manera devastadora a través de los siguientes ejes psicológicos:
- El Cuerpo como Escenario del Conflicto: La sintomatología se ancla con fuerza en lo somático, destacando de manera alarmante los cambios en los hábitos de sueño y la pérdida de energía . Desde una perspectiva clínico-dinámica, esto sugiere que el joven está drenando su energía psíquica en conflictos internos, librando una batalla silenciosa que deriva en una fatiga persistente. Esta falta de vitalidad no es apatía, sino el resultado de un «agotamiento del Yo» que limita severamente su capacidad para enfrentar las demandas del entorno escolar y social.
- La Identidad del «Yo Fracasado»: Durante la adolescencia se configuran aspectos centrales de la identidad; sin embargo, la fragilidad del Yo y una autocrítica mordaz distorsionan la autopercepción. Cuando este proceso se media por una visión negativa, el error deja de ser una experiencia de aprendizaje para transformarse en un estigma: el «fracaso» deja de ser un evento puntual para convertirse en una identidad: «soy un fracaso». Esto explica por qué la indecisión es tan paralizante; el miedo al error detiene la toma de decisiones en una edad donde el joven debe empezar a proyectar su futuro.
- El Desierto Afectivo y el Aislamiento: El quiebre de la capacidad de disfrute marca un retraimiento afectivo donde el mundo exterior pierde su sentido. Al perder el interés por sus actividades y pares, el adolescente se repliega sobre sí mismo en un aislamiento que cronifica su estado. Este vacío se profundiza por un «silencio estructural» en la familia, donde muchos jóvenes manifiestan que nunca hablan de sus preocupaciones en casa, dejando al adolescente solo en la gestión de su dolor.
- El Círculo Vicioso del Rendimiento y el Clima Escolar: El entorno institucional es un determinante crítico del bienestar. La presión académica se manifiesta en una alta dificultad de concentración, generando un ciclo perverso: el malestar impide el estudio, el bajo rendimiento refuerza el sentimiento de fracaso y este, a su vez, profundiza la depresión. Un clima escolar percibido como injusto o carente de escucha docente, actúa como un potente estresor que incrementa la vulnerabilidad.
Cuando más de la mitad de los estudiantes presenta síntomas depresivos, el problema deja de ser individual. Es un indicador del estado de nuestros entornos familiares, de nuestras escuelas y de nuestras políticas públicas.
Si la depresión adolescente tiene raíces estructurales, también puede tener soluciones estructurales. Actuar hoy no es solo una decisión sanitaria. Es una decisión ética y estratégica sobre el tipo de sociedad que queremos construir.
Sensibilizar esta problemática implica comprender que la depresión adolescente en Tarija es un fenómeno sistémico donde las desigualdades (especialmente la de género, que afecta más a las mujeres) se incorporan en una clínica del agotamiento. Intervenir significa romper el silencio y transformar la escuela y el hogar en espacios de contención activa, devolviendo al adolescente la capacidad de habitar su presente sin el peso de una autocrítica que anula su porvenir
- Porque invertir en salud mental adolescente no es un gasto, es invertir en capital humano, cohesión social y futuro.
“Si queremos cambiar las cifras, debemos empezar por fortalecer los vínculos: porque la familia no es un actor secundario en la salud mental adolescente, es el primer espacio donde se construye —o se fractura— la esperanza.”
Franz R. Arce Velasco es economista de la Universidad Católica Boliviana (UCB) y Magister es Gestión y Políticas Pública (MGPP) de la Universidad de Chile.
Ana Laura van der Valk psicóloga de la Universidad Católica Boliviana con especialidad en Psicología Clínica en la Universidad Católica Boliviana “San Pablo” Cochabamba.
Referencias
- Arce Velasco, F. R., & van der Valk Tavera, A. L. (2026). Desigualdades estructurales en los síntomas depresivos de la adolescencia: un análisis representativo basado en centros escolares de Tarija-Bolivia. Instituto de la Familia (IFAT) – UCB-Tarija.
- INTRAID et al. (2025). Estudio sobre niveles de depresión en estudiantes de secundaria (14–18 años), Cercado Tarija 2025.
- Organización Mundial de la Salud (OMS). (2023). Adolescent mental health.
- The Lancet Psychiatry Commission. (2021). Global mental health and sustainable development.
- UNICEF. (2022). The State of the World’s Children – On My Mind
